
Y maldije la lluvia que entorpecía mi delirio, la muerte que truncaba mis negocios, y la palabra dicha sin ser rentable, porque yo, el más pobre de los mortales había alcanzado ese caudal afortunado del estado catártico y obsesivo de todos los negociantes juntos.
Y crecieron los hijos sin darme cuenta y sin darme cuenta las fieras pesadillas, la oscuridad tenebrosa encerrada en su intestino, la vida que avanzaba lenta, pero segura, llevándose los rincones más lúcidos de mi alma.
Y yo qué estaba tan acostumbrado a comprar el día… me perdí las noches.
Hoy es tarde, demasiado tarde, porque mis ojos, arrastrados por el tiempo, ya se han quedado ciegos… y sin luz.
Inma Valdivia© (de su libro El cuerno del unicornio)